Menos, pero mejor: el arte de las rutinas sostenibles

Descubriendo cómo crear esos hábitos que sí perduran. Ya han pasado 21 días de 2026 y, si miramos a nuestro alrededor, la escena es inconfundible: gimnasios llenos, personas corriendo por la ciudad, redes sociales saturadas de vision boards, talleres de yoga donde sembramos intenciones para el año que comienza. Todo parece conspirar para recordarnos que […]

Descubriendo cómo crear esos hábitos que sí perduran.

Ya han pasado 21 días de 2026 y, si miramos a nuestro alrededor, la escena es inconfundible: gimnasios llenos, personas corriendo por la ciudad, redes sociales saturadas de vision boards, talleres de yoga donde sembramos intenciones para el año que comienza. Todo parece conspirar para recordarnos que este es el momento. El punto exacto en el que decidimos quién queremos ser y qué nos hará sentir mejor.

Pero, a medida que los días —y luego los meses— avanzan, algo se transforma. Algunas metas encuentran su lugar y se integran de forma natural en la vida cotidiana. Otras, en cambio, comienzan a diluirse. La motivación se agota, la rutina pesa y aquello que prometía transformarnos queda en pausa.

¿Te resulta familiar?

Vivimos en una época en la que parece que siempre deberíamos querer más. Más hábitos, más prácticas, más versiones de nosotros mismos. La abundancia de información sobre bienestar, crecimiento personal y consciencia nos invita —casi nos empuja— a explorar, innovar, optimizar. Nuestro cerebro, amante de la novedad, disfruta cada estímulo nuevo. Y, como humanidad, esa curiosidad nos ha permitido evolucionar.

El conflicto aparece cuando llega el momento de repetir. Cuando la constancia se vuelve silenciosa, cuando hacer lo mismo día tras día deja de ser excitante. Ahí, el ego empieza a pedir cambio.

El cambio es necesario. Nos impulsa a crecer, a evolucionar, a realizarnos. Pero no se trata de buscarlo sin medida ni de confundir progreso con agitación constante. Al mismo tiempo, escuchamos mensajes que nos invitan a disfrutar del presente, a abrazar el menos es más, a encontrar ese equilibrio delicado entre aceptar el ahora y seguir avanzando.

Ahí está la clave.

Crear hábitos que duren. Rutinas que nos sostengan y nos transformen, sin sacrificar la paz del presente ni la ambición de sentirnos mejor. Menos, pero mejor no es solo un mantra: es un arte. Un modo de habitar el día a día con estabilidad emocional y de aprender a surfear, con suavidad, los distintos estados internos que inevitablemente aparecen.

James Clear, autor del ya clásico Hábitos Atómicos, habla de tres tipos de hábitos según el cambio que generan en nuestra vida: los hábitos basados en resultados, aquellos que se centran en lo que quieres conseguir. El foco está en la meta final; por ejemplo perder 10 kilos en cierto periodo de tiempo. Luego están los hábitos basados en procesos que son aquellos que puedes hacer de forma recurrente por ejemplo entrenar tres veces por semana, cocinar y comer de forma consciente. Y por último, encontramos los hábitos basados en la identidad, que se centran en quién quieres llegar a ser. En estos, ponemos el foco en la identidad y desde ahí nacen nuestras acciones que s epueden implementar bien en nuestro día a día. 

Según Clear, estos suponen los hábitos más duraderos, porque no buscan solo cambiar lo que hacemos o lo que conseguimos, sino la imagen que tenemos de nosotros mismos. Cuando nos identificamos con un estado, el cerebro se apega con mayor facilidad. El ego responde mejor a aquello que refuerza la narrativa de quién creemos ser —o queremos llegar a ser—.

Y aunque esta idea tiene mucho sentido, aquí me permito matizarla.

No creo que las rutinas más sostenibles sean aquellas que se apoyan únicamente en una identidad rígida, sino las que nos invitan a disfrutar. Las personas cambiamos. No solo con los años o las grandes etapas vitales, sino también en lo cotidiano. Podemos decidir que queremos ser personas madrugadoras y ajustar nuestros horarios en consecuencia. Pero ¿qué ocurre el día que queremos disfrutar de una buena película en el sofá con nuestra pareja? ¿O cuando abre ese bar ideal para compartir cócteles con amigas?

Creo profundamente que podemos permitirnos ser muchas cosas, sin romper —eso sí— los valores que sostienen nuestra esencia. La clave está en no convertir los hábitos en jaulas, sino en apoyos.

Por eso confío en los hábitos sencillos. Aquellos que no exigen, sino que acompañan. Los que se anclan en la realidad más inmediata y no nos atan a una imagen fija de quién deberíamos ser. Un té caliente. La ducha de la mañana. El simple acto de despertar.

Todo eso ya es un hábito. ¿Y si, en lugar de hacerlo en automático, lo habitamos con presencia? ¿Y si añadimos pequeños gestos que nos hagan bien? Un aceite esencial en la ducha. Una canción suave al empezar el día. Cinco respiraciones conscientes antes de salir de la cama.

Es una forma de romantizar lo esencial. De embellecer las rutinas estructurales y necesarias con pequeñas decisiones conscientes que nos nutren: en el presente, en el futuro o incluso como reparación de un exceso pasado. Tal vez vienes de semanas de comidas copiosas y encuentros largos. Tal vez tu cuerpo te pide algo distinto. Entonces decides moverlo diez minutos al despertar, justo antes de la ducha. Sin exigencia. Sin épica. Solo cuidado.

Ahí, en lo pequeño, es donde nacen los hábitos que de verdad perduran.

Si quieres profundizar en esta manera de construir rutinas conscientes, estéticas y sostenibles —desde el cuerpo, el placer y la presencia— ¡sigue a @letsglow.yoga en instagram para más tips!

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